Hay crímenes que se resuelven en los tribunales. Y hay otros que se quedan atrapados en la memoria colectiva. El caso de Alcàsser pertenece, sin duda, al segundo tipo. No porque falte una sentencia, ni porque no exista una versión oficial, sino porque España nunca encontró una forma sana de procesar el horror.
En noviembre de 1992, tres adolescentes —Miriam, Toñi y Desirée— desaparecieron. En enero de 1993, sus cuerpos fueron hallados en una fosa en La Romana. España entera miró. Y desde entonces, no ha dejado de mirar del todo. Tras décadas de un silencio relativo, la herida ha vuelto a supurar tras la impactante entrevista concedida por Miguel Ricart al periodista Manu Jiménez.
El Peso de una Herida que no Cicatriza
Durante años, el relato pareció cerrado bajo dos nombres que se convirtieron en sinónimo del mal: Antonio Anglés (el fugitivo eterno) y Miguel Ricart (el único condenado). La justicia dictó su verdad en 1997, los medios construyeron un relato basado en el morbo y la sociedad lo absorbió entre el miedo y la estupefacción.
Pero la memoria colectiva no funciona como un juzgado; funciona como una herida. Treinta y tres años después, esa herida se ha abierto de par en par. No ha sido por una nueva prueba de ADN ni por un documento desclasificado del CNI. Ha sido por la voz de Miguel Ricart.
La Entrevista de Manu Jiménez: ¿Revelación o Supervivencia?
La reciente aparición de Miguel Ricart frente a las cámaras de Manu Jiménez no ha sido una entrevista más. Ha sido una reescritura total de los hechos que han definido la crónica negra de España. Ricart, el hombre que pasó décadas en prisión y que fue el narrador central del horror, ha decidido romper su versión original para ofrecer un escenario que muchos califican de conspiranoico y otros de “la pieza que faltaba”.
Los 7 Implicados: Más allá de Anglés y Ricart
Lo que verdaderamente ha sacudido los cimientos del caso es la afirmación de Ricart de que aquella noche no fueron dos personas las implicadas. Según su nuevo testimonio:
- Hubo hasta siete personas presentes en el crimen.
- Habla de un grupo de hombres mayores y con poder.
- Menciona a un individuo apodado “El Nano”.
- Asegura que tres adultos, cuya identidad prefiere no concretar por miedo, dirigieron la situación.
Esta declaración apunta directamente a las teorías de la “trama de las élites” que Juan Ignacio Blanco y Fernando García (padre de Miriam) defendieron en los años 90, pero con el matiz de que ahora es el propio condenado quien lo sostiene.

Comparativa de Relatos: ¿Dónde ocurrió realmente el crimen?
Para entender el impacto de las palabras de Ricart, es necesario comparar lo que la justicia dio por probado frente a lo que el condenado afirma ahora en la entrevista de Manu Jiménez.
| Punto de Interés | Versión Oficial (Sentencia 1997) | Nueva Versión de Miguel Ricart |
| Lugar de los hechos | Caseta de La Romana (Dos Aguas). | Antiguo almacén de pólvora en Catadau. |
| Número de implicados | 2 (Antonio Anglés y Miguel Ricart). | 7 personas (Un grupo organizado). |
| Los Disparos | Anglés fue el único ejecutor. | Antonio Anglés (2) y Mauricio Anglés (1). |
| Grabaciones (Snuff) | Inexistentes según la justicia. | Niega rotundamente haber visto cámaras o vídeos. |
| Papel de Ricart | Coautor necesario y ejecutor. | Testigo presencial coaccionado y amenazado. |
Resumen y Cronología
El Cambio de Escenario: De La Romana a Catadau
Ricart niega ahora que los hechos ocurrieran en la conocida caseta de La Romana. Asegura que el crimen tuvo lugar en un espacio distinto, con una mecánica y una logística completamente diferentes. Según él, el traslado de los cuerpos a la fosa fue una maniobra posterior para encubrir la verdadera ubicación del horror: un almacén de pólvora en las inmediaciones de Catadau.
El Fin del Mito de las “Cámaras”: ¿Hubo Vídeo?
Uno de los pilares que ha alimentado las teorías de la conspiración durante tres décadas ha sido la supuesta existencia de una cinta de vídeo donde se grabaron las torturas (cine snuff).
En la entrevista con Manu Jiménez, Ricart es tajante: asegura que no hubo grabaciones. Con estas palabras, el condenado intenta desmontar tanto la versión oficial —que nunca creyó en el vídeo— como las narrativas alternativas que sugerían que el material servía para chantajear a altas esferas del Estado. Al negar el vídeo, Ricart se posiciona en un punto medio incómodo: confirma la existencia de “gente importante”, pero elimina el soporte físico del chantaje.
“Dije lo que la Guardia Civil quería oír”
La frase que más ruido ha generado y que pone en entredicho el sistema judicial de los 90 es la relativa a su confesión inicial. Ricart afirma que su testimonio en 1993 no fue libre:
- Estaba aterrorizado por Antonio Anglés.
- Sufrió presiones y coacciones durante los interrogatorios.
- Necesitaba sobrevivir en un contexto donde “la verdad ya estaba escrita”.
Ricart sostiene que Antonio Anglés iba armado y lo amenazó de muerte a él y a su familia. En este nuevo relato, él no fue un ejecutor, sino una pieza menor, un espectador forzado dentro de un grupo mucho más violento y jerarquizado. Incluso llega a señalar a un tercer nombre familiar: Mauricio Anglés, hermano de Antonio, a quien atribuye uno de los disparos mortales.
La Ética del Espectáculo: El Dolor de las Familias
Aquí es donde el caso deja de ser judicial y se convierte en algo profundamente humano. Un testimonio no es solo información; es identidad. Durante más de treinta años, Miguel Ricart ha sido “el culpable”. Reducido a una sola palabra.
Cambiar la historia ahora podría ser un intento de supervivencia psicológica. Para Ricart, convencer al mundo de que fue un peón coaccionado es una forma de convencerse a sí mismo de que es algo más que su peor acto. Sin embargo, este ejercicio de “limpieza de imagen” tiene víctimas colaterales: las familias de las niñas.
“Cada nueva versión, cada titular, cada debate… no reabre un caso. Reabre un duelo.”
Para quien perdió a una hija, el tiempo no cura de la misma forma que para el analista de sofá. Un perdón tardío o una “verdad” soltada 30 años después no siempre sana; a menudo, solo remueve el barro de una fosa que nunca debió existir.
¿Justicia o Sentido?
El caso Alcàsser sigue vivo no porque falten respuestas técnicas, sino porque nunca aprendimos a contarlo sin dañarnos. Ni en los 90, cuando el morbo lo convirtió en espectáculo televisivo, ni ahora, cuando el silencio lo enterró mal.
La pregunta que nos deja la entrevista de Manu Jiménez es incómoda: ¿Buscamos justicia o buscamos sentido? A veces, la verdad judicial es demasiado simple para un horror tan grande, y por eso el ser humano busca conspiraciones, grupos de siete personas y almacenes de pólvora. Necesitamos que el mal sea algo complejo y organizado para no aceptar que, a veces, el mal es simplemente banal y cercano.
Este no es un relato para decidir quién tiene la razón definitiva. Eso es competencia de la justicia, si es que alguna vez decide reabrir folios basándose en estas declaraciones. Este es un análisis para entender que hay historias que, aunque tengan sentencia, no tienen final narrativo.
El caso de Alcasser: ¿Qué opinas tú sobre la nueva versión de Miguel Ricart?
La sombra de Alcàsser es alargada y cada testimonio nuevo añade una capa de complejidad a un misterio que se niega a morir. La entrevista de Manu Jiménez marca un antes y un después en la narrativa del siglo XXI sobre el crimen.
Si este análisis te ha ayudado a entender mejor las nuevas claves del caso, apóyalo con un “me gusta” y compártelo. La búsqueda de la verdad es un camino que recorremos juntos.
¿Te gustaría que analice en profundidad quién es “El Nano” y qué papel juega en la nueva jerarquía de implicados que menciona Ricart?
Más artículos de true crime aquí




